Durante tres días viví a cuerpo de rey. Me trataban con absoluta exquisitez, no me faltaba de nada y, posiblemente, lo único que llegué a requerir fue el contacto humano.
Me pasaba prácticamente todo el día solo. De vez en cuando, el secretario-mayordomo venía a preguntarme si necesitaba algo. Pero nunca necesitaba nada porque, materialmente, lo tenía todo.
Disfrutaba del inmenso jardín, de la piscina, de la sauna, del jacuzzi, de un gimnasio, de una biblioteca riquísima, de unos platos dignos de los mejores restaurantes de París. De una cama donde podrían haberse realizado todas las fantasías imaginables en la sedienta mente de un joven como yo.
Sin embargo, en aquel palacio el único ruido que se escuchaba era el de los perros ladrar y el de los patos parpar. Y un lánguido dong-dong, cada media hora, del triste carillón de la entrada principal.
Llegué a sentirme seguro. En algunos momentos tuve la certeza de que aquella visión del muchacho-perro fue sólo una pesadilla. Yo sabía que aquellos a los que los míos llamamos cazadores nos persiguen con ahínco porque su empeño está muy bien recompensado económicamente.
Sin saber muy bien por qué, a mí me daba el pálpito de que mis anfitriones no eran cazadores. Al menos, no cazadores al uso. Sólo los veía en los momentos de las comidas. El resto del tiempo permanecía yo solo y, aparentemente, libre por completo.
Por eso, más confiado y lleno de fuerza física y de ánimo, el cuarto día decidí investigar por toda la finca.








