La mirada del animal.-
Me quedé horrorizado ante lo que mis ojos estaban viendo.
Aquel... ¿animal? ladraba y corría como un perro, pero su cuerpo y su cara eran los de un muchacho de apenas veinte años.
Me miró angustiado, ladró y salió huyendo hacia el jardín.
Antes, el secretario había llamado al hombre pidiéndole ayuda y éste, arrojando la servilleta sobre el mantel, se levantó con gran enojo.
"Disculpa", dijo. "Enseguida regresamos."
Me quedé solo en el comedor, aguzando el oído para saber qué ocurría. Me acerqué a la puerta que el hombre había cerrado tras de sí. Sólo oía sus voces y los ladridos. Supuse que al dueño no le gustaba que los perros merodearan por la casa. Sin embargo, en su tono notaba cierto afecto hacia el animal.
Abrí ligeramente la puerta y pude distinguir a los dos hombres parados en el primer descansillo de las escaleras, mirando hacia el piso superior, haciendo gestos para obligar al perro a bajar de allí.
Y el animal, efectivamente, saltó desde la primera planta con una agilidad extraordinaria. Su caída fue amortiguada por la gruesa alfombra y quedó parado frente a mí.
Algo me dijo que no era conveniente que los dos hombres supieran lo que yo había visto. Cerré cuidadosamente la puerta y volví a sentarme a la mesa, temblando a causa del pánico que aquella visión había dejado en mi cuerpo.
